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Si no tuvieras miedo

Si no tuvieras miedo ¿Qué cambiarías?

Al parecer el hecho de que no puedas mantener la dieta, aprender a manejar o tener esa conversación productiva con tu jefe, se debe a la Homeostasis. La homeostasis es el término fisiológico que se le da al mecanismo de autorregulación que tienen los seres vivos para mantener por ejemplo su temperatura y PH estables. Para lograrlo los organismos intercambian materia y energía con su entorno.

¿Qué tiene que ver esto con el coaching, la dieta, aprender a manejar o tu jefe? Bueno… al parecer nuestros modelos mentales tienen también un mecanismo interno homeostático. Fredy Kofman nos cuenta en su libro “Metamanagment” que la mente también tiene mecanismos automáticos que mantienen ciertas creencias, opiniones y conductas. Y que estos dispositivos se encargan de prevenir el cambio, intentando por todos los medios conservar el equilibrio, aun cuando ese equilibrio cause sufrimiento. Muchas veces nos sucede que nos adaptamos a algo que nos parece beneficioso al principio y nos acomodamos sin preguntarnos lo que queremos realmente. Sobre todo, cuando algo se introduce de forma lenta en nuestras vidas, escapa de nuestra conciencia, sin que nos preparemos para dar una respuesta o una reacción a una situación que puede a la larga volverse, incómoda, insostenible y hasta peligrosa. Esto me hace acordar a un relato de Olivier Clerc en su libro, “La rana que no sabía que estaba hervida… y otras lecciones de vida”

La parábola de la rana hervida

Si metemos una rana en una olla llena de agua y le aumentamos su temperatura lentamente, la rana regulará su propia temperatura y llegaremos a hervirla sin que muestre oposición. Es que el aumento de la temperatura será progresivamente tan lento que no podrá percibirlo durante gran parte del proceso y para cuando lo haga, ya no tendrá energía suficiente para saltar y escapar porque se la habrá gastado en regular su temperatura para adaptarse al agua. Si en cambio, la rana hubiese entrado con el agua caliente, habría saltado de inmediato al percibir un peligro.

Y así es cómo se va conformando de alguna manera la Zona de confort, que al final, no es tan confortable, como nos quiere hacer creer su nombre.

¿Alguna vez te paso?

¿Te pasó, que tomaste la decisión de aprender algo nuevo, pero terminaste dejándolo ante el primer obstáculo? O tal vez…. ¿luego de varias discusiones con una persona declaraste que es imposible conversar con el/ella? ¿te pasó que te sentiste tan frustrado por abandonar la dieta o el gimnasio que no quisiste intentarlo nunca más? ¿te molesta tanto equivocarte que ya desististe aprender a cocinar, manejar, tocar un instrumento, bailar, etc..? Pero… ¿cómo puede ser? ¡si lo deseabas tanto! ¿Te acordás?

Es que hasta nuestras mejores intenciones y deseos fallan al momento de convertirse en modificaciones permanentes de nuestro comportamiento. ¡A mí me pasa! Y me pregunto ¿Porque no puedo traer el cambio que quiero a mi vida? Bueno volviendo a las metáforas de las ciencias duras (mi profesión de base obliga) para que el equilibrio de tu zona de confort se mantenga durante tanto tiempo deben existir 2 fuerzas iguales y contrarias en acción, esa es la base del equilibrio homeostático (y también la tercera ley de Newton por si les interesa). Si intentamos modificar una conducta básica del modelo mental mediante buenas intenciones solo lograremos generar que crezca la fuerza contraria para sobre-compensar el impulso inicial del cambio (¡LA BENDITA INERCIA mi querido Watson!) Una realidad muy ejemplificadora que nos brinda Fredy Kofman en este punto y que ustedes podrán verificar, es que: “abrir la ventana en una sala donde el termostato está fijado en una temperatura incómodamente calurosa generará más calefacción”

¿Cuál es la propuesta?

Si queremos cambiar algo que ya no nos funciona o ya no queremos, en primer lugar, necesitamos comprender nuestras poderosas inclinaciones a “no cambiar”. Es decir, esos profundos procesos internos que nos regulan y “previenen” el cambio en nuestra manera de pensar, sentir y actuar.

Y para descubrir la fuerza por excelencia que nos mantiene dentro de nuestra equilibrada zona de confort, primero tenemos que observar nuestros miedos. El miedo o preocupación en realidad no es la verdadera fuerza que nos mantiene quietos, sino más bien la máscara que esconde algo más valioso. Cuando sentimos miedo, preocupación, temor o ansiedad se deriva de la suposición que algo valioso para nosotros está en peligro o puede perderse.

Tal vez no quieras seguir aprendiendo a manejar (tocar un instrumento, cocinar, bailar, etc), por miedo de parecer incompetente, porque tu imagen pública es valiosa para vos. Tal vez no quieras confrontar a tu jefe, por miedo a perder la paz y armonía superficial con él porque es valioso para vos progresar en tu carrera.

Hay muchas teorías y pasos que nos muestran cómo podemos superar el miedo para cambiar lo que no nos gusta en nuestras vidas, pero todas comienzan con la misma fórmula. Tomar consciencia, reconocer que es eso que te gustaría cambiar, cual es el miedo que te venía impidiendo conseguirlo y definir qué es lo más importante para vos.

Por eso hoy me gustaría cerrar con mi pregunta inicial…

Si no tuvieras miedo ¿Qué cambiarías?

Equipo Leadership, 30.07.2019

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